La búsqueda de personas desaparecidas ha contado con una participación especialmente importante de mujeres en distintos contextos de violencia y desaparición. En México, madres, esposas, hermanas, hijas, abuelas, tías y nietas se han organizado para buscar a sus familiares, denunciar su desaparición y exigir verdad y justicia. Esta participación tiene antecedentes en los movimientos de familiares surgidos durante las décadas de 1970 y 1980 y se ha fortalecido en las últimas décadas mediante la creación de colectivos de búsqueda.
De acuerdo con la Fundación Heinrich-Böll, las mujeres buscadoras participan en diversas actividades, tanto en espacios públicos como en labores directamente relacionadas con la localización de personas. Entre ellas se encuentran las búsquedas en campo, la revisión de registros de personas fallecidas y no identificadas, la difusión de información, la elaboración y distribución de boletines y la interlocución con autoridades. En México, los colectivos acompañados por organizaciones de derechos humanos están integrados mayoritariamente por mujeres, quienes han contribuido a mantener la desaparición de personas como un problema visible y a colocar sus demandas en las agendas institucionales.
Este protagonismo también está relacionado con los roles tradicionales de género y con la distribución de las tareas de cuidado. Ante la desaparición de un familiar, muchas mujeres asumen simultáneamente responsabilidades domésticas y de cuidado, además de las labores de investigación, denuncia y búsqueda. De esta manera, actividades que deberían corresponder a las instituciones del Estado son realizadas, en buena medida, por familiares de las personas desaparecidas, con importantes costos emocionales y personales para quienes las llevan a cabo.
La participación de las mujeres en la búsqueda de personas desaparecidas también tiene antecedentes importantes en otros países. En Argentina, por ejemplo, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo se organizaron durante la dictadura para reclamar por sus familiares desaparecidas y desaparecidos y exigir respuestas sobre su paradero. Estas experiencias muestran cómo las mujeres han convertido la búsqueda de sus familiares en acciones colectivas de denuncia y defensa de los derechos humanos, para trascender del ámbito privado para ocupar un lugar en el espacio público.
Sin embargo, las mujeres buscadoras también enfrentan riesgos derivados de su actividad. Además de las dificultades propias de la búsqueda, pueden encontrarse expuestas a amenazas, violencia, estigmatización y otras formas de agresión. Su participación constituye así no sólo una expresión de la búsqueda y el cuidado de sus familiares, sino también una forma de exigir respuestas institucionales y reclamar verdad y justicia frente a la desaparición de personas.

